Inside Gilda
Gilda no es un momento estático, evoluciona con la luz del día.
Comienza al mediodía.
Soleada y castiza.
Tomando un vermú frío en una terraza de Chamberí.
A medida que cae la tarde y el ritmo desacelera, se traslada a una piazza romana frente a un plato de pasta y un negroni rojo profundo, casi teatral.
Mientras, el sol se disuelve lentamente sobre las fachadas y la ciudad acepta, sin resistencia, que el día ya no le pertenece.
Cuando llega la noche, el escenario torna en moquetas espesas, barras de madera oscura y pesadas cortinas de terciopelo.
La luz es tenue, casi ámbar.
Se sirven cócteles, suena blues y el humo flota en el ambiente.
Y casi sin darse cuenta, todo se detiene.
Gilda no es un lugar concreto, aunque siempre vive entre bares y restaurantes.
No es una ciudad, aunque podría ser Madrid, Roma o Nueva York.
Tiene algo de lo castizo de siempre y algo de la dolce vita de antes.
Algo de terraza al sol y algo de club de jazz.
Algo de Frank Sinatra y algo de Mina.
Es clásica sin ser antigua.
Es contemporánea sin ser moderna.
Gilda vive en ese tránsito.
Entre el día que se alarga y la noche que empieza.